A la Maestra de Liñares

                                                 Dª MARUJA ALVAREZ FERNÁNDEZ

Dª MARUJATodos los Maestros de Escuela forman parte, por méritos propios, de los personajes heroicos finiseculares de nuestras poblaciones rurales, símbolo de vocación docente y de valores humanos que marcaron el rumbo de una juventud.

Yo también tuve la suerte de haber sido alumno de una Maestra de Escuela, de la Maestra de Liñares, doña Maruja Álvarez Fernández, fallecida en Santiago el año 2001. Por eso, con las mismas letras que ella nos enseñó a escribir, quiero expresar este recuerdo de homenaje a su persona.

Resulta admirable pensar cómo aquella joven maestra, de familia culta y acomodada, vinculada a la Universidad de Santiago de Compostela, desde su Entrimo natal y de padres afincados en la viguesa calle Cervantes, quiso echar raíces en Liñares (1940-1990 ) hasta su jubilación y dedicar toda una vida a la formación de tres generaciones de niños y de niñas, sin otra recompensa que la del cumplimiento del deber y el cariño de todos los vecinos, que nunca le faltó.

PARROQUIA DE LIÑARES

Liñares, en vedad, es un pequeño y bonito lugar del Ayuntamiento de As Neves, cuyo nombre ya nos evoca un bucólico paisaje y un clima suave. Protegido de los fríos vientos del norte por las cumbres de San Domedio y bañado por el Miño y Xuliana, tiene el sol que más calienta del Condado.

TORREIROPara una maestra, en cambio, la tarea no era cómoda ni confortable. Como todas las aldeas de la Galicia rural, en aquellos años 40 Liñares llegó a su máximo apogeo demográfico, no acompañado, precisamente, de la misma prosperidad económica ni social. Con un vecindario de 100 casas y 200 niños, las instalaciones escolares estaban en consonancia con la precariedad del momento: una modesta casa-escuela aún sin divisiones, al lado del “torreiro” de la Iglesia, convertido en patio de juegos a las horas del recreo, un salón equipado con toscos bancos corridos, sin aseos ni más apoyo didáctico que un mapa de España, un globo esférico y, eso sí, mucha ilusión y entusiasmo por parte de la maestra.

 

EL PALCO  DE LA MÚSICA

El único monumento meritorio de que podíamos presumir los de Liñares era el bonito palco circular de la música, con cierre de barandilla y balaústres torneados, aunque sean de cemento, justo frente a la casita-escuela, construido en el año 1932, como figura en números de relieve y  dibujo de una bandera, que en su momento lucía los colores de la república.

MICOMUEs por ello que, además de su función propia, servía de fondo para las fotos de la primera comunión de niños y niñas, una de las ceremonias preparadas en la Escuela y en la Catequesis de la Iglesia, que además de su significado religioso siempre tuvo un carácter social, la primera ocasión en que cada niño se sentía protagonista, revestido de solemnidad y luciendo el mejor traje, no siempre el blanco, reservado para hijos de los Guardias, que luego prestaban a quienes se lo pedían.

MODELO DE ESCUELA UNITARIA

El modelo de formación era de Escuela Unitaria: aula única, maestra única, enseñanza mixta (toda una novedad para la época), edades entre 6 y 12/14 años, todos los niveles y asignaturas impartidas a la misma hora y recitadas en voz alta: un grupo señalando los límites geográficos, otro balbuceando la lección al borde de la mesa de la profesora, otro cantando la tabla de multiplicar y otro incordiando hacia los bancos de las niñas. Al pensarlo aún creo estar escuchando las frecuentes llamadas al orden de aquella esforzada maestra para hacerse oír en medio de tanto “jolgorio” e imponer su autoridad. Pero al salir, todo el rigor y seriedad de la clase se transformaba en ternura y trato cariñoso, expresado en su rostro amable y franca sonrisa.

NOVA ESCOLAYa en 1952, mejoraron las instalaciones con nuevo grupo escolar, dotado de salón-aula, despacho, cuarto de labores, vivienda para la maestra y unos novedosos aseos de ambos sexos, con sanitarios de porcelana, los primeros que se vieron en las aldeas, aunque sin traída de agua, sacada del pozo a mano, mediante una bomba con rueda girada y un evidente esfuerzo de los niños cada mañana para reponer los depósitos.

También tuvimos bandera con mástil, todo un ritual a la hora de izar al entrar y salir, y pupitres bipersonales. A mí me correspondió estrenar el de la primera fila, compartido con mi compañero Antonio, y, en compensación, tuvimos que alojar en medio de los dos a un joven colega de los más pequeños, para mantenerlo “a raya” y ayudarle a progresar en las primeras letras. ¡Qué será de él!

SENTIRSE ESTUDIANTES

foto escolar - copiaEn verdad, ya nos sentíamos verdaderos estudiantes, con un digno edificio, de ahí que nos visitasen autoridades y también nos hicieron las primeras fotos escolares que conservamos, con el mapa y la Inmaculada al fondo. Esta era una imagen muy estimada por la Maestra, y en el mes de mayo ensayábamos poesías y cantos, a modo de certamen literario, para recitar en público en la Iglesia.

 

Encarnita 001Por entonces acompañó a la maestra, por una temporada, su sobrina Encarnita, adolescente muy dinámica, que enseñó a las niñas de Liñares nuevas actividades extraescolares, especialmente canciones para cantar a la rueda , que divertían y animaban las horas del recreo.

Si el esfuerzo y la capacidad de trabajo de doña Maruja eran admirables, no lo era menos su prestigio y su estilo distinguido, que la hicieron acreedora al aprecio y respeto en toda la comarca, rara virtud. Por entonces la Escuela de Liñares era frecuentemente visitada por los Inspectores de Enseñanza y por el mismo Alcalde, don Salvador Fernández, que examinaban y premiaban a los niños, porque los llamados “niños y niñas de doña Maruja” no sólo sobresalían por su saber, sino también por su saber estar, en un ambiente en que ni existía la televisión, ni la prensa ni los viajes culturales, y la única influencia educativa y socializadora era la acción formativa y ejemplarizante de la maestra.

¡Qué gran mérito el de estos profesionales y qué gran valor el de doña Maruja! No es de extrañar que sus alumnos y los vecinos de Liñares la sigan recordando y la sigan queriendo, esos mismos que un día se manifestaron públicamente para reclamar su retorno, cuando por razones familiares hubo de ausentarse, porque ya formaba parte de la familia y de los seres queridos. Personas como doña Maruja bien merecen un monumento y las vitrinas de la Escuela de Liñares deberían guardar el testimonio de su recuerdo, los trabajos manuales, las muy cuidadas libretas de ejercicios y los preciosos bordados de sus alumnas, como fondos históricos de una maestra emblemática, competente, entrañable y ejemplar.

–oo0oo–

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